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Lily García

No fui yo… no es mi culpa

Todos los días vamos a tener la oportunidad de escoger ser víctimas o sobrevivientes. Cada vez que nos ocurre algo negativo, que cometemos un error o que las expectativas que teníamos de una situación no resultan como esperábamos, vamos a interpretar esa situación de acuerdo al cristal de nuestro estado mental y emocional. 

La persona con mentalidad de sobreviviente, a pesar del golpe inicial que puede sentir ante lo ocurrido, ya sea coraje, miedo, vergüenza o tristeza, va a tender a enfrentar la situación en honestidad, a trabajar con sus emociones, y a tomar responsabilidad por lo que le toca para levantarse del suelo. En otras palabras, retoma el poder sobre sí mismo y sus circunstancias.   

La víctima, por el contrario, va a ver la vida a través de los ojos de “el mundo entero está contra mí”. En ocasiones la visión emocional de este tipo de persona tiende a nublarse también por las creencias de que no tiene poder alguno para cambiar sus circunstancias; de que a nadie le importa lo que hago o dejo de hacer; de que los demás me envidian o me resienten por diferentes razones, o de que a mí siempre me ocurre lo peor, entre otras interpretaciones. Y todas son negativas. En esta conversación mental que tienen las víctimas, casi siempre está presente el “yo”, o lo que me hacen a “mí” y como la vida es injusta “conmigo”.   Hay mucho de egocentrismo en ellas y, aunque parezca de primera intención que destilan fortaleza y carisma, lo cierto es que generalmente son personas débiles, con baja autoestima, que no se han dado cuenta de lo que pierden a raíz de su comportamiento. 

Una de las características más dañinas de este tipo de persona es su tendencia a culpar a otros cada vez que cometen un error o las cosas les salen mal. La víctima rehúye a la toma de responsabilidad porque el reconocer errores posiblemente la hace sentir débil. No entienden que en la medida en que admitimos nuestras faltas y reconocemos aquello que necesitamos trabajar o mejorar, es que realmente crecemos personal, emocional y profesionalmente.  Uno de los elementos más importantes del trabajo en equipo, sea un equipo profesional, un grupo familiar, o uno de labor voluntaria, es la capacidad de tomar responsabilidad por lo que nos toca y, en ese proceso, fortalecer el grupo a través de nuestra honestidad. Al no hacerlo, la persona que se victimiza termina lacerando no solo la efectividad del grupo, sino también su autoestima. 

Hace unos días escuché en una serie de televisión a un personaje decirle a otro “no vas a poder detener tu comportamiento destructivo hasta que no descubras donde nació”. Esas palabras me hicieron mucho sentido. Transformar ese sentido de victimización en poder personal comienza por el desarrollo del autoconocimiento, esa capacidad de mirarnos por dentro, aceptar y llorar aquello que nos duele y que posiblemente nos ha llevado a ver al mundo como nuestro enemigo.  Eso se llama agarrar el toro por los cuernos.  

Y una vez hemos identificado esa herida y comenzado a buscar ayuda para sanarla, podemos continuar practicando la autocompasión, perdonándonos a nosotros mismos por nuestras faltas, hayan sido de acción o de omisión. Dice la Ley Universal de Correspondencia que “como es adentro es afuera y como es afuera es adentro”. Si la aplicamos al proceso de perdón, podemos entender que cuando perdonamos “afuera”, comenzamos también a perdonar “adentro” y viceversa.  

Y de repente sientes que lograste algo que jamás pensaste podrías lograr, y empiezas a ver a las personas a tu alrededor no como amenazas, sino como vehículos para ayudarte a crecer y a prosperar. Y de repente tomas responsabilidad por lo que te toca y dejas de culpar a otros.  Y de repente dejaste de ser víctima y te convertiste en sobreviviente.

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