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Lily García

¿Y cuándo es que nos ponemos viejos?

Estaba mirando el menú en el área de la barra de un restaurante en el centro de la isla. Como estaba sola, no quería ocupar una mesa completa en plena hora “rush” de cena así que opté por sentarme en la barra. Una señora se me paró al lado. Había llamado por teléfono y esperaba su orden para llevar.  

De repente me miró y me dijo “Tú eres Lily, ¿verdad?”  Yo tenía la mascarilla puesta así que me sorprendió que me reconociera. Y ahí comenzó la conversación.  Me contó que estaba por San Sebastián acompañando a su hermana en unas diligencias, pero que ella vivía en Arecibo. Me dijo que la hermana estaba en el salón de belleza al lado del restaurante, pero estaban muertas de hambre y le iba a llevar comida. De ahí saltamos a sus dos matrimonios (con bastante detalle), y también comentó sobre el hijo que, a pesar de ser ya un adulto, todavía vive con ella.

  A ustedes les podrá parecer extraño que una persona que no conozca termine contándome su vida entera, pero que va, es algo bastante común. Parece que el llevar casi treinta y ocho años en los medios hace que la gente sienta que me conoce y se abran a tenerme confianza. Es uno de los aspectos que más aprecio de mi trabajo:  ese sentido de que pertenezco a una gran familia.  

En eso entró la hermana, y mi nueva amiga me la presentó. “Mi hermana es menor que yo, pero es tímida,” me dijo susurrando. “Y ni guía de noche. Yo guío a cualquier hora y a donde sea”. Fue entonces que me atreví a preguntarle la edad. Cuando me dijo que tenía ochenta y un años yo no lo podía creer. Continúo diciéndome que ella vivía hace muchos años en una urbanización en Arecibo, pero estaba cansada ya de la vida urbana y se quería mudar a una casa en el campo que tuviese por lo menos dos cuerdas de terreno. “¿Y usted no cree que a su edad sería un poco fuerte vivir en el campo, tan aislada y con tanto terreno?”le pregunté. Y ella me miró con esa mirada que me da mi madre cuando me quiere decir “¿Y tú crees que yo soy inútil?” 

Y procedió a decirme que ella era muy activa y que quería sembrar, y hasta le iba a decir a su hijo que cuando ella se mudara al campo, él iba a tener que conseguirse un lugar donde vivir porque ya era hora de independizarse. Yo quiero ser como ella cuando sea grande. A la verdad que a las mujeres no hay quien nos detenga, no importa la edad. Y pensé en mi madre que a los ochenta y cuatro todavía ni se visualiza retirándose del negocio de la familia; a mi maestra de aeróbicos y pilates quien a sus ochenta y pico sigue siendo entrenadora de entrenadores. Y como ellas, muchas más.  

¿Qué hace que haya personas que puedan sentirse jóvenes y capaces de seguir comiéndose el mundo a pesar de la edad? El cuidar nuestra salud es primordial, por supuesto, porque sin salud no puede haber percepción de juventud. Pero aún cuando hay algunos achaques, el ver la edad como un número y no como algo que nos define hace una diferencia.  También la hace el conservar la capacidad de ilusionarnos, de poder entender que la felicidad está hecha de pequeños momentos que se disfrutan. Somos jóvenes de espíritu también cuando vemos los retos como nuevas aventuras y evitamos pensar que estamos muy viejos para hacer esto o aquello. Y, sobre todo, nos hacemos un “facelift” existencial cuando aprendemos a soltar ese pasado que no podemos cambiar y no le permitimos limitar nuestra capacidad para gozarnos el presente.   

Hoy te invito a que te conectes con esa parte de tu alma que todavía sueña, planifica y se ilusiona.  Te vas a sentir más joven no importa la edad que tengas. 

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