Esa tarde compartía con mi amiga Janet en el restaurante mexicano que frecuentamos cuando necesitamos ponernos al día y despojarnos emocionalmente. Llegué antes que ella, y le dije un “buen provecho” a la muchacha que vi comiendo sola en la mesa contigua.
Ya cuando Janet y yo estábamos en medio de nuestra conversación, esa misma muchacha, antes de irse, se acercó a nuestra mesa. Me dijo que quería darme las gracias personalmente ya que hace muchos años uno de mis libros la ayudó a atravesar un momento difícil en su vida. Yo le agradecí el que validara mi trabajo ya que a veces uno no sabe si el mensaje realmente está llegando. Le pregunté su nombre y a qué se dedicaba. Nos dijo que era contable así que estaba bastante cargada de trabajo en estos días, y por eso se había tomado este espacio sola para recargar baterías antes de llegar a su hogar, donde la esperaba su esposo y sus hijos.
Le deseé que pudiese cumplir con todos sus compromisos, y nos despedimos. Pero justo antes de salir del restaurante, se detuvo y regresó a nuestra mesa. “Antes de irme siento que debo decirte algo”. Se acercó a mi oído y me susurró “Dios te ama”. “Gracias”, le respondí. “Perdona, pero no sabía si decirte eso, porque hay personas a quienes les molesta”, me dijo. “A mí no”, le aseguré. “Es una bendición y las bendiciones siempre son bienvenidas.”
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Tan pronto se fue, Janet me comentó que la muchacha tenía razón, que hay personas a quienes les molesta que les digan que Dios o Jesús los ama. Y puedo entender que haya quien lo tome como un intento de indoctrinación religiosa. Lo que me pareció gracioso fue que esto sucedió yo estando con Janet, esa hermana que me regaló la vida, y quien es evangélica, cuando yo, por el contrario, soy budista. Nuestras creencias espirituales son completamente diferentes, y eso nunca ha sido un obstáculo en nuestra relación de más de treinta años.
Dentro de la filosofía budista, el concepto de un “dios” externo y creador no existe. Se considera que lo “divino” es parte de quienes somos, pero está escondido detrás de percepciones y pensamientos erróneos y nos toca a cada uno ir descubriéndolo. (Estoy ofreciéndoles una explicación bien básica de lo que encierra la filosofía budista que es mucho más compleja que eso). A lo voy es que yo pude haberle dicho a esa muchacha “Gracias, pero yo no creo en Dios”. Pero no se lo dije, porque ella sí cree en ese Dios, y al decirme que Dios me ama, está compartiendo conmigo ese amor que es importante para ella.
Ese día yo estaba triste. Acababa de atravesar por una situación difícil con alguien que quiero mucho. Y las palabras de esa muchacha me conmovieron porque sé que le salieron del alma, y llegaron a tocar la mía. Conozco personas a quienes les molesta, porque me lo han dicho, que alguien en la calle, un desconocido, les diga “mi amor”. Lo toman como una falta de respeto. Lo cierto es que es algo bien común en nuestro país. Lo puedes escuchar de una empleada en una tienda, o hasta de la secretaria en una oficina médica. ¿Me molesta a mí? Para nada.
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Es obvio que yo no soy “su amor” porque esa persona ni me conoce. Pero en un mundo tan negativo donde estamos constantemente escuchando insultos y ataques a nuestro alrededor, que alguien me diga “mi amor”, aunque sea por costumbre y de la boca pa’ fuera, me hace sentir bien. Necesitamos más amor en nuestras vidas, en nuestras palabras y en nuestros gestos. Así que te invito a que en estos días le recuerdes de alguna forma a personas significativas para ti, y aún a aquellas que ni siquiera conozcas, que “Dios los ama”. No lo tienes que decir en esas palabras, pero sé que algo se te ocurrirá, porque todos tenemos un potencial ilimitado de bendiciones inesperadas para regalar.

