Dímelo con cariño, por favor…

Ese día llegaba con mami a su sesión de terapia física.  Estábamos esperando el elevador cuando se acerca una señora que también iba a subir. “¿Tú eres Lily García, ¿verdad?” preguntó tan pronto me vio.   Yo le sonreí y le respondí con un “Mucho gusto”. “Nena, tú estás bella,” continuó, “te ves mejor en persona que en televisión.” A lo que yo respondí con una frase que hace años le plagié a la querida primera actriz Luz María Rondón. “Menos mal que me veo mejor en persona, porque yo ando en persona la mayor parte del tiempo.” Y continué mencionando que tal vez me veía bien ese día por el maquillaje que tenía, ya que venía de una grabación junto a Braulio Castillo. 

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Y ahí fue que la doña se lució. “Ay, que feo se ha puesto Braulio.” Yo la miré extrañada y procedí a defender a mi compañero de labores. “De feo nada. Hay actores que envejecen mal, pero él está ahora más guapo que antes.” A todo esto, mami, o no escuchaba porque está media sorda, o estaba en shock porque no dijo ni pío. Una vez entramos a la oficina de los fisiatras, la cual, dicho sea de paso, estaba repleta, yo procedí a soltar en una silla todos los motetes que tenía encima: mi cartera, la cartera de mami, un jacket, y una bolsita de tela donde llevaba mi iPad. La doñi me observaba ya sentada y salió con un “Ay nena, tú te ves media esguabiná,” que todo el mundo escuchó. ¿En serio?  Pasé de bella a esguabiná en lo que subimos un piso. Yo inhalé y exhalé y le dije. “Son las 12 y estuve grabando toda la mañana, ha sido un día largo.” “Ah bueno, eso debe ser,” respondió, y no volvió a abrir la boca.  

Dicen que con los años uno va perdiendo el filtro y se atreve a decir cosas que cuando más joven no se atrevía.  Pero yo no estoy segura de que sean los años y más bien una crasa falta de tacto y empatía. Estoy clara de que la sinceridad es una cualidad necesaria. Lo que ocurre es que la verdadera sinceridad, para mí, debe siempre ir acompañada de la empatía y la compasión. Este encuentro con la “dama sin filtro” me puso a pensar en qué hace que ciertas personas sean así, zafás de la lengua, y poco consideradas al hacer ciertos comentarios. Eso no quiere decir que yo no lo haya hecho en algún momento sin darme cuenta. Pero hay quienes viven sin filtro veinticuatro siete.  

Y me dio curiosidad por averiguar que dice la psicología sobre las personas que tienden a hablar sin pensar en como sus palabras pueden afectar a otros.  Puede haber quienes entiendan, por ejemplo, que decir las cosas “raspás” y directamente es lo que constituye verdadera honestidad. Tal vez fue algo que aprendieron en su entorno familiar y que nunca les corrigieron. Es posible también que en esas personas haya baja conciencia emocional, que sencillamente no reconozcan como su estilo de comunicación puede ofender o hacer sentir mal a otros. En ocasiones también pueden estar utilizando la franqueza extrema como una especie de armadura, algo que los defiende cuando se sienten vulnerables por haber sido heridos a través de sus vidas.  

No importa la razón detrás de un comportamiento, como adultos responsables de nuestras emociones y las de los demás, debemos detenernos y analizar de donde venimos.  Sí, claro que la franqueza y la honestidad son grandes cualidades. Pero no, no tenemos porqué soltar todo lo que pensamos sin considerar las consecuencias que puede tener en otros. Cultiven honestidad que vaya de la mano de la empatía.  Vivir sin filtro no le hace bien a nadie.  

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