Ese día me encontraba haciendo fila para pagar en un supermercado. Es un lugar que he frecuentado desde niña ya que está bien cerca del hogar donde me crié. Pero en la medida de que se ha añadido más mercancía, el espacio que queda para las cajas registradores se ha ido reduciendo. Antes, como en la mayoría de los supermercados, uno hacía fila frente a la caja registradora donde le tocaba pagar. En este, sin embargo, ante la falta de espacio, todo el mundo se para en la misma fila, entre estantes llenos de productos, y los cajeros van llamando al “próximo” a medida que se hacen disponibles.
El día en cuestión yo era la segunda o tercera en fila y de repente escuché a una señora, algo agitada, decirle al que estaba frente a mí, “Mira, se te están colando. Esa señora se está colando”. Había una dama que se había parado frente a una de las cajas registradoras. Yo me dirigí a la señora “quejona” y le dije, “Es posible que no se esté colando, y es que no sepa que hay una sola fila. A mi me ocurrió la primera vez que regresé aquí después de varios años”. Efectivamente, eso era lo que había ocurrido. No había mala intención por parte de la alegada “colona”. Sencillamente no conocía la dinámica del supermercado. La señora que se había quejado me respondió con un “Ah bueno, sí, es verdad, pero como en este país hay tantos que se quieren hacer los ‘listos’”.
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No quiero juzgar a la “quejona” porque tengo que admitir que en alguna ocasión yo también he “disparado de la vaqueta” y he asumido y juzgado sin saber la historia completa. Si bien es cierto que hay muchos “listos” que se quieren salir con la suya, también hay que reconocer que no son la mayoría, o por lo menos esa ha sido mi experiencia. El vivir esperando lo peor de los demás tiene que ser drenante emocional y físicamente. Es como vivir en alerta, con la “pajita en el hombro”, y en “modo de sobreviviente” todo el tiempo. Yo me niego a caminar mis días así. Prefiero pensar lo mejor de otros, y si me decepcionan en el proceso, pues lo manejo. Pero soy de las que creen firmemente en que los buenos, los amables y los compasivos, somos más.
Varios días a la semana me toca llevar a mi mamá al negocio de la familia, la Joyería Catalá, en la Plaza de Armas del Viejo San Juan. La histórica plaza está siendo remodelada desde hace casi seis meses y el acceso es limitado. Mi mamá tiene problemas de movilidad y utiliza andador, así que es un reto que llegue hasta la acera para caminar hasta la joyería. Y no hay un solo día en que yo no reciba ayuda. Si no es el guardia de seguridad que me mueve los conos anaranjados, es alguien que esté pasando por ahí o uno de los obreros de la construcción, quien nos asiste para dirigirla. En muchas ocasiones hay grupos de turistas en esa esquina esperando para tomar un “tour” y siempre hay alguno que la ha ayudado a subir el andador a la acera.
¿Qué hay mucha gente desconsiderada por ahí? Sí, la hay. Pero también hay mucha gente buena. Y yo prefiero agarrarme de eso. En estos días en que te asalte la tentación de juzgar a otros por su comportamiento, no asumas. Toma una respiración profunda antes de hablar o actuar y, si vas a asumir, asume lo mejor. Es posible que el mundo te sorprenda.
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