Llegar a los 100 años no significa, necesariamente, perder la memoria ni la autonomía. Así lo revela un estudio del Proyecto Centenarios, publicado en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, que analizó el estado cognitivo y funcional de personas centenarias y encontró que el 36,3 % mantiene su lucidez y capacidad funcional.
La investigación evaluó a 160 personas de 100 años o más en diferentes regiones de Colombia y sus resultados rompen con la idea de que la demencia es una consecuencia inevitable del envejecimiento extremo. Los hallazgos abren nuevas preguntas sobre cómo se envejece y qué factores influyen en una vejez más saludable.
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No todos los centenarios desarrollan demencia
Uno de los principales aportes del estudio fue la creación del Fenotipo Cognitivo-Funcional Preservado (FCFP), una métrica que permite identificar a las personas que conservan independencia cognitiva y funcional. Aunque el 63,7 % de los participantes presentó demencia, más de un tercio demostró una notable resiliencia frente al deterioro cognitivo.
“El estudio desafía la noción de que el envejecimiento extremo conduce inevitablemente a la demencia”, explicó Juan-Manuel Anaya, investigador principal del Proyecto Centenarios. Este resultado, según el investigador, plantea la necesidad de replantear la forma en que se entiende la salud cerebral en edades avanzadas.
Factores de riesgo y protección en la vejez extrema
El análisis identificó factores de riesgo específicos asociados a la demencia en personas centenarias, entre ellos la fragilidad física, el consumo de alcohol y la depresión. En contraste, se evidenciaron factores protectores clave, como un buen desempeño físico, un adecuado estado nutricional, una buena audición y visión autopercibida, y una mejor calidad de vida.
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Uno de los hallazgos más llamativos es que factores de riesgo tradicionales, como el bajo nivel educativo, la hipertensión, la diabetes, la obesidad o el antecedente de tabaquismo, no mostraron una asociación significativa con la demencia en esta población. Esto sugiere que, en edades extremas, los determinantes del deterioro cognitivo pueden ser distintos a los observados en adultos mayores más jóvenes.
“Esto enfatiza la necesidad de desarrollar estrategias de prevención y abordajes clínicos más personalizados y culturalmente sensibles”, señaló Anaya, especialmente en contextos de países de ingresos bajos y medios.
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Actualmente, el mundo cuenta con cerca de 722.000 personas centenarias, lo que refuerza la importancia de seguir investigando los factores que favorecen una longevidad saludable, con mayor bienestar, autonomía y calidad de vida.

