Lo mejor que puedes enseñar es lo que no sabes

Llegó el nuevo año. Nuevo semestre, nuevos propósitos. Entre todas las cosas que nos hemos propuesto o que tenemos en nuestra lista de pendientes, de seguro hay una nota al calce (o quizás uno de los puntos principales) que tiene que ver con inteligencia artificial. Ya sea para aprender a usarla, para verificar si nuestros hijos la están usando, o simplemente para saber por dónde va la cosa.

La buena noticia es que no tienes que tener todas las respuestas. De hecho, no tenerlas puede ser tu mejor herramienta de enseñanza.

No tenemos todas las respuestas. Y eso está bien

Vivimos en un momento donde nadie tiene el manual completo sobre cómo integrar la inteligencia artificial en la educación, en el trabajo, o en la vida familiar. Las herramientas cambian cada mes. Lo que funcionaba en septiembre puede ser obsoleto en febrero. Y la verdad es que muchas de las preguntas que nos hacen nuestros estudiantes o nuestros hijos no tienen respuestas claras todavía.

¿Qué hacemos entonces?

Podemos fingir que sabemos. Podemos evitar el tema. O podemos hacer algo mucho más valioso: modelar el proceso de aprender.

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El proceso es el aprendizaje

Cuando no tenemos la respuesta a una pregunta, tenemos una oportunidad espectacular de enseñar algo más importante que cualquier dato: cómo abordamos lo que no sabemos.

¿Qué decimos cuando no sabemos? ¿Cómo buscamos información? ¿Cómo evaluamos si lo que encontramos es confiable? ¿Cómo cambiamos de opinión cuando aprendemos algo nuevo?

Estas preguntas son el corazón del aprendizaje. Y la única manera de enseñarlas es haciéndolas visibles.

La lección que me contó mi hija

Hace unos días mi hija me contó de su experiencia en la escuela. La maestra de su clase faltó y otra maestra tuvo que cubrirla. Para mi hija esa fue una de las mejores clases en esa materia.

¿Por qué? Según me cuenta, la maestra admitió desde el principio que no era buena en esa materia. Y eso cambió todo. Mi hija dice que la clase se sintió como un aprendizaje en conjunto, lo que la hizo más amena. Más interesante aún, sintió que aprendió mucho.

La vulnerabilidad de esa maestra no le restó autoridad. Le sumó conexión. Y esa conexión abrió la puerta al aprendizaje.

La humildad como herramienta

A cualquier persona que le gusta aprender de verdad, le tiene que gustar también no saber. Suena contradictorio, pero es así. La curiosidad genuina requiere humildad. Requiere reconocer que hay algo que no entiendo y que quiero entender.

Cuando un profesor le dice a su clase: «No estoy seguro de cómo funciona esto, vamos a explorarlo juntos», no está admitiendo incompetencia. Está modelando exactamente la actitud que queremos que nuestros estudiantes desarrollen.

Lo mismo pasa en casa. Cuando un padre o una madre le dice a su hijo: «No sé si esta herramienta es segura, vamos a investigarlo», está enseñando pensamiento crítico en tiempo real.

Una invitación (no una tarea más)

Si eres profesor, ya has tenido que adaptarte a mil cambios en los últimos años. Si eres padre o madre, ya tienes suficiente con el trabajo, la escuela, y los retos de la vida diaria. Pedirte que ahora también te conviertas en experto en inteligencia artificial sería injusto. Afortunadamente eso no es lo que hace falta.

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Lo que hace falta es considerar algo más sencillo: permitirte la vulnerabilidad de no saber. En lugar de ver esa vulnerabilidad como una debilidad, podemos verla como una oportunidad de enseñarle a los demás, ya sean tus estudiantes o tus hijos, que no tienen que ser perfectos para aprender.

La gente aprende mucho más cuando ve a alguien navegando la incertidumbre con honestidad que cuando ve a alguien pretendiendo que ya lo sabe todo. Y quién sabe. Quizás permitirnos esa vulnerabilidad nos ayude a estar más relajados. Quizás hasta podamos disfrutar el proceso de aprender sobre inteligencia artificial.

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