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BeWomenLily García

A las que no fuimos madres…

“¿Fue que no pudiste o no quisiste tener hijos?” “¿Y nunca te dio por adoptar?” “Y si no tuviste hijos, ¿quién te va a cuidar cuando seas mayor?” “Que pena…tú hubieses sido una tremenda madre”.  

He escuchado todas las anteriores y posiblemente más. Y estoy segura de que no soy la única. Admito que antes, cuando mi madre era joven, la situación era mucho peor.  Ella tenía diecinueve años cuando se casó con mi padre y me cuenta que a la semana de haber llegado de la luna de miel ya había comenzado el bombardeo. Y sí, salió embarazada a los pocos meses. A sus veinte años nacía yo y a sus treinta ya éramos cinco.  A los treinta y ocho volvió a parir y perdió ese bebé. Y a los cuarenta estaba pariendo de nuevo.  Yo la bauticé “la diosa de la fertilidad”. Pero ese gen, por la razón que sea, no me tocó a mí. 

Aquellos de ustedes que han seguido mi carrera saben que a pesar de que he estado casada tres veces, nunca tuve hijos.  En mi primer matrimonio lo intenté, pero la relación terminó, no por esa razón, pero sin hijos. En el segundo matrimonio llegué a comenzar un tratamiento de fertilidad a consecuencia de un diagnóstico de “ovarios poliquísticos”.  Pero a los pocos meses de comenzar el tratamiento ya sabía que esa relación no iba a durar mucho y escogí detenerlo porque no quería salir embarazada en medio de un posible divorcio. Y ya para mi tercer matrimonio ya tenía cuarenta años, una hermana que había nacido cuando yo tenía veinte, y ocho sobrinos (ahora ya son diez).  Había estado rodeada de niños toda mi vida, y los adoraba.  Tal vez por eso no me hizo tanta falta el tener uno mío.     

Conozco muchas mujeres quienes han sufrido profundamente por no haber podido ser madres. Ese no ha sido mi caso.  Yo me siento completamente realizada como mujer.  Pero no les niego que cuando era joven y la gente llegaba con sus comentarios y preguntas me llegué a sentir no solo culpable, sino egoísta porque no lo percibía como un gran trauma, o porque no estaba tratando de mover cielo y tierra para tener o adoptar un hijo.  

Pero esos pensamientos los solté hace tiempo. Yo, como muchas otras, he canalizado esa “maternidad” de otras formas.  Hemos estado presentes en la crianza de nuestros sobrinos, primitos, y algunos de los hijos de esas amigas que son como hermanas.  En mi caso pienso que he llegado a ser “madre” hasta de mis padres.  Otra frase que he escuchado a muchos es “pero el amor a los sobrinos jamás es igual que el amor a los hijos”. Estoy clara en eso. Pero uno no puede extrañar aquello que nunca ha conocido. Y para mí el amor no es una competencia de cuál es el mejor, o el más fuerte, o el que más nos llena.  El amor es amor y punto.  

Solo quiero recordarles a aquellos de ustedes que se encuentren con alguna mujer que no tenga hijos, ya sea porque no pueda o porque no quiera, que se detengan antes de juzgar.  Nadie sabe lo que esa mujer carga en su pecho.  Nadie. Ayuden a celebrar con ella quien es y lo que sí ha logrado, en vez de cuestionarle lo que, según las normas sociales, se supone que logre.  Yo seguiré derritiéndome cada vez que uno de mis sobrinos me diga “Te quiero, Titi”, aunque ya sean adultos y no me necesiten como antes, y aunque no sean “míos«. 

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