Alicia Figueroa se mueve con la serenidad de quien ha entendido el verdadero significado de la donación. Es voluntaria de LifeLink de Puerto Rico y dedica su tiempo a orientar, acompañar y sembrar esperanza. “Cuando yo dejara de trabajar, yo quería estar en esa mesa”, cuenta sobre la promesa que le hizo a su madrina. Hoy está “full como voluntaria”, convencida de que servir es parte de su propósito de vida.
Su labor es clara: educar y acompañar. “Nosotros orientamos a las personas que se acercan para salvar vidas”, explica.
Para Alicia, cada conversación es una oportunidad de sembrar conciencia. Ha visto cómo la información correcta transforma dudas en decisiones y temores en actos de amor.
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Testigo de milagros
Alicia ha presenciado momentos que la han marcado para siempre. Recuerda un evento en el Castillo Serrallés donde escuchó a receptores decir: “Ellos son mi familia”. Esa frase resume lo que significa un trasplante: la continuidad de la vida a través de otro ser humano.
“Hubo una persona que le cantó a su madre porque su madre fue donante”, relata con emoción. Para ella, esos instantes confirman que cada registro como donante puede convertirse en un milagro real.
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También ha conocido a muchos jóvenes que esperan un corazón, un riñón o un hígado para poder seguir viviendo. “He encontrado personas jóvenes esperando por un corazón, por un riñón, por un hígado”, cuenta, dejando ver la urgencia de la situación. Para ella, cada nombre en la lista de espera representa no solo a un paciente, sino a una familia entera aferrada a la esperanza de una segunda oportunidad.
Resolver dudas para salvar vidas
Las preguntas no faltan. “A veces me preguntan qué puedo donar, porque tengo esta condición o la otra”, comparte. Su respuesta es siempre clara: “El médico al final va a determinar qué puede donar ese paciente”. Y añade una frase que resume su convicción: “Aunque sea un huesito”. Para Alicia, cada parte cuenta, cada gesto suma, cada decisión puede significar una segunda oportunidad.
Sabe que el proceso de trasplante implica evaluaciones y protocolos rigurosos, pero también sabe que sin donantes no hay posibilidad. “Si no hay órgano, la persona puede morir”, afirma con honestidad. Por eso insiste en que registrarse es un acto de responsabilidad solidaria.
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Ser ángeles en la tierra
Alicia no recibe remuneración económica por su labor. “Esto puede ser dos veces al mes, una vez al mes… no vamos a sacrificar su vida diaria”, explica a quienes desean unirse. Está convencida de que el voluntariado no exige perfección, sino disposición.
Ha visto cómo familias donantes consideran al receptor como parte de su propia familia. “Ellos sienten que esa persona camina con el trasplantado”, dice.
Para ella, ese lazo invisible confirma que la donación de órganos no termina en una cirugía: comienza una nueva historia.

