Bienvenid@ a uno de los dilemas éticos más silenciosos de la práctica profesional del momento.
Un estigma que nadie ve pero todos sienten
Existe un concepto en psicología social llamado “estigma encubierto” que se describe como el peso que cargamos cuando tenemos un atributo que podría ser juzgado negativamente, pero que podemos esconder. No es visible como un diagnóstico que aparece en un expediente. Es invisible, y esa invisibilidad lo hace más pesado porque cada vez que interactuamos con otros, tomamos una decisión activa: ¿lo digo o no lo digo?
El uso de inteligencia artificial en algunos trabajos se ha convertido en un estigma encubierto y la investigación lo confirma.
Lo que dicen los estudios
Un estudio publicado en 2025 en la revista PNAS, con más de 4,400 participantes, encontró que quienes admiten usar IA son percibidos como menos motivados por sus colegas. Esto ocurre incluso cuando la calidad de su trabajo es igual o superior. Interesantemente, las personas que menos usaban IA eran las más propensas a juzgar negativamente a quienes sí la usan.
En el ámbito de la salud, el efecto es aún más marcado. Un estudio publicado en 2025 en npj Digital Medicine les pidió a 276 médicos en ejercicio que evaluaran a un colega a partir de una viñeta clínica sobre manejo de diabetes. El trabajo descrito era idéntico en todos los casos. La única diferencia era si el colega había usado IA como herramienta principal, como verificación, o no la había usado. Los que usaron IA recibieron una puntuación de competencia de 3.79 sobre 7. Los que no la usaron recibieron 5.93. Mismo trabajo, distinta herramienta, juicio diferente.
¿Y si simplemente somos transparentes? También hay truco. Schilke y Reimann en 2025 encontraron que mencionar el uso de IA reduce la confianza en el producto final. Esto ocurre aunque solo se haya usado para revisar gramática. El estigma no distingue entre niveles de uso. Reacciona al nombre.
El problema no es la herramienta. Es la narrativa.
Cuando alguien escucha “usé inteligencia artificial”, el cerebro suele completar la frase: entonces el trabajo no es tuyo. Esa asociación automática es el problema real, no la tecnología.
Sin embargo, el uso de IA tiene muchos niveles. Usar IA puede significar buscar evidencia, pedirle que te formule preguntas para profundizar un tema, que critique tu borrador, que te ayude a organizar ideas que ya tienes. En el ámbito clínico, puede ser una fuente adicional de información y no la que toma la decisión. En todos estos casos, el ser humano sigue siendo responsable del juicio, del criterio, del producto final.
La clave está en la especificidad. En lugar de “usé IA”, podemos decir: la idea surgió de mi experiencia clínica y de conversaciones con colegas; usé IA para organizar el borrador y conectar con literatura reciente; leí los artículos y decidí cuáles incluir y por qué. Cuando somos específicas, el lector entiende que la autoría sigue siendo nuestra. La IA fue una herramienta, no la autora.
Nombrar el dilema es el primer paso para resolverlo
Si no hablamos de cómo usamos IA, el estigma crece en silencio. Si lo nombramos con precisión (no con disculpas, sino con criterio) le quitamos poder al juicio automático. Abrimos la puerta para que más profesionales usen con confianza una herramienta que, bien utilizada, puede mejorar la calidad de nuestro trabajo y la de los servicios que ofrecemos.
Y para ser consistente les cuento. Este escrito lo comencé en mi carro cuando decidí dictar mis ideas luego de escuchar un debate. Usé IA para organizar las ideas que dicté y lograr un bosquejo coherente. El criterio y el escrito final fueron míos. ¿Y tú? ¿Qué has hecho últimamente con IA?

