Tengo que admitir que estoy triste. Esta semana me enteré de que me cerraron la panadería. He visitado Altamira Bakery desde que comencé a trabajar en Wapa TV en la década de los 80s. Y la vida me llevó a mudarme a dos cuadras del lugar hace veinticuatro años. Es el espacio de tertulia donde se reunían vecinos a desayunar; donde podía llamar y pedir que me prepararan un sándwich para recogerlo si estaba de prisa o tenía que trabajar temprano ese día o comérmelo allí; donde compraba una caja de pastelillos y quesitos para llevarle a Carmen Ayala al salón de belleza o a mis compañeros de BeHealth cuando teníamos grabación o algún evento.
Fue también mi “resuelve” para los almuerzos en casa para Acción de Gracias o Navidad, ya que allí me preparaban las pechugas de pavo y el pernil. Allí vi a mis sobrinos crecer entre mayorcas y quesitos. Es el lugar donde los empleados sabían tu nombre y lo que ibas a pedir, y donde te topabas siempre con alguien conocido, encuentros que propiciaban conversaciones en las cuales creíamos arreglar el mundo, agarrarnos del optimismo, o simplemente ponernos al día.
Me consta que los últimos años no han sido fáciles para los negocios de comida, especialmente después de la pandemia. Sé que Betty y Ramón se han reinventado ya tantas veces, y se merecen el descanso. Pero como tantos negocios de comunidad, éste también parece haber sido víctima de la gentrificación comercial. Les duplicaron la renta en un momento económicamente difícil así que el cierre era inminente. He escuchado que el local contiguo, uno bastante exclusivo, especializado en vino y tapas, se estará expandiendo al espacio que ocupaba la panadería. No sé si buscarán otro lugar. Me gustaría que lo hicieran. Me van a hacer mucha falta.
Lee: El “Bucket list” en reversa
Pero el cierre de Altamira Bakery no ha sido la única noticia que me ha causado tristeza esta semana. También se van los que han sido mis vecinos de enfrente por los pasados diecinueve años. Ya la casa les queda grande y quieren estar más cerca de su hija y nieto. Y aunque sé que van a vivir a diez minutos de distancia y voy a seguir visitándolos, no va a ser lo mismo. Muchos de mis vecinos son familia extendida. Hemos atravesado juntos por huracanes, terremotos, y la pandemia, además de haber llorado en colectivo nuestras pérdidas y celebrado nuestros logros.
El vecindario se está transformando. Muchas parejas jóvenes están llegando con niños, inyectándole nuevas energías a la comunidad. No es que el cambio sea algo negativo, pero sigue siendo cambio, y siempre va a generar algo de tristeza el ir perdiendo lo que por tanto tiempo nos ha sido familiar.
Yo aprecio entrañablemente la vida en comunidad. Debe ser porque me crie en el mismo lugar al cual llegamos cuando yo apenas tenía un año, y en el cual todavía vive mami. Siempre ha sido importante para mí sentirme que soy parte de un grupo. Integrar una comunidad, sea de vecinos, de trabajo, o de comensales en una panadería, es clave para mi salud mental.
Recomendado: Suéltame, que me ahogas…
Está comprobado por estudios que la vida en comunidad nos ayuda a ser más resilientes porque encontramos apoyo; nos permite crear relaciones sociales significativas lo cual aporta a nuestro sentido de bienestar; nos ofrece seguridad porque nos sentimos protegidos por el grupo; reduce el sentido de aislamiento que afecta adversamente tanto la salud física como la emocional; y nos permite practicar el servicio a otros, lo cual nos brinda sentido de propósito. Sí, mi comunidad se está transformando, y sí, me siento triste. Pero siempre veo estas pequeñas pérdidas como ensayo para pérdidas mayores que inevitablemente tendremos que afrontar. Valido mi tristeza, pero a la misma vez agradezco lo que esta comunidad ha aportado y seguirá aportando a mi vida. Todo está en Orden Divino.

