Esta próxima semana el mundo cristiano celebra la llamada “Semana Santa” o “Semana Mayor”. Con esta celebración, se conmemora, de acuerdo con esa tradición espiritual, la pasión, muerte y resurrección de Jesús hace más de dos mil años. Pero lo cierto es que el concepto de “santidad” ha existido en otras religiones durante mucho más de dos milenios.
La palabra “santidad” se relaciona en casi todas las tradiciones espirituales con personas cuyas vidas están alineadas a los más altos valores de amor, empatía y conciencia de lo divino (como quieran llamarlo). En el caso de la religión católica, el declarar a una persona como “santa” o “santo”, conocido como proceso de canonización, puede tomar décadas, y en él intervienen el Vaticano y el Papa. Se requieren pruebas de que esta persona, luego de haber muerto, ha intercedido en la sanación de alguien que le rezó y puso su fe en él o ella. En otras palabras, que para canonizar a alguien en la tradición católica hay que probar que realizó un milagro.
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En el hinduismo, sin embargo, la santidad es otra cosa. Se define con el contacto con el alma, con cultivar el desapego, la yoga (o unidad de mente, cuerpo y espíritu), y la acción correcta. En el islam, santo es el “amigo de Dios”, esa persona que vive con rectitud, fe, humildad y sumisión a la voluntad divina. En el budismo no existe un concepto de “santidad”. Lo más parecido sería alcanzar la “iluminación” que significa liberarse del sufrimiento, del ego que nos domina, y de los apegos, hasta lograr alcanzar una claridad mental que nos lleva a una sabiduría espiritual.
Como ven, ser más santos, sí es posible, si seguimos el camino que nos trazan todas las filosofías espirituales. Puede que no hagas milagros, pero puedes ser el vehículo de sanación para otros, con una palabra amable, un gesto de generosidad amorosa, o hasta una sonrisa. Hay tanta gente que vive falta de amor. Somos más santos también cuando practicamos el desapego todos los días, no buscando tener cada vez más, sino disfrutar, agradecer y compartir lo que tenemos. También lo hacemos soltando ese apego enfermizo a nuestras opiniones, esas que nos pueden llevar a querer que otros piensen y actúen como nosotros. Ese apego es la antítesis de la generosidad, porque estamos poniéndonos a nosotros por encima de los demás.
Somos más “santos” también cuando practicamos lo que predicamos. No se puede ser santo de la boca para afuera. Si entendemos que la honestidad es una virtud, entonces tenemos que practicarla. Vivir en armonía de pensamiento, palabra y acción es necesario si queremos decir que somos personas “espirituales”. Estoy clara en que vivimos en un mundo donde las líneas entre lo que es honesto o no; lo que es ético o no, parecen estarse difuminando. Pero las líneas están ahí, claras, aunque algunos pretendan borrarlas para su propio beneficio.
Siempre se exhorta a que en la Semana Santa reflexionemos sobre nuestra relación con lo divino, o más específicamente, con Jesús. Pienso que es un buen momento para que no solo en esta semana, sino todos los días, cuando te enfrentes a algún dilema ético, o no sepas como debes responder a cierta situación, te preguntes ¿qué hubiese hecho o dicho Jesús? Pienso que es una pregunta fácil de responder. Lo que no es fácil es seguir su ejemplo. Les deseo una semana y una vida santa, o por lo menos, de aspiración a alcanzar la santidad.
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