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Lily García

El día que conocí a Clemente

El pasado 30 de septiembre se conmemoraron los cincuenta años del histórico “hit” número 3.000 del gran Roberto Clemente. Este logro es celebrado por amantes del béisbol en el mundo entero, pero en Puerto Rico, y para los boricuas, no importa donde estemos, el recuerdo de Clemente nos sigue inflando el pecho, a pesar de los años que puedan haber pasado desde sus logros y desde su muerte.    

Algunos de ustedes son demasiado jóvenes para recordar que en la década de los 60 la gran mayoría de los puertorriqueños éramos fanáticos de los Piratas de Pittsburgh en el béisbol de las grandes ligas. Y digo éramos porque yo no me perdía un juego. Y no me perdía un juego para ver a Roberto jugar.  Los veía con papi o con mi abuelo, Papán, que vivía con nosotros.  

La relación entre mi familia y Clemente había comenzado desde que el joven se inició en el béisbol local con los Cangrejeros de Santurce en la década de los cincuenta. La empresa de mi abuelo en aquel entonces era codueña del equipo y papi, jovencito, hasta practicaba con ellos de vez en cuando.  (Y se creía jugador de verdad por un rato).  

Así que siendo Cangrejera y Pirata aprendí a disfrutar y a entender el béisbol gracias a Clemente. La relación entre Roberto y la familia se consolidó aún más a través de su compromiso con Nicaragua. Mi abuela materna, Doña Eva Arguello, era nicaragüense, y mi padre y mis dos tías nacieron en Managua. A pesar de que la familia se mudó a Puerto Rico al poco tiempo de nacer mi papá, y que mi abuela murió muy joven, la relación con Nicaragua siempre se mantuvo y se sigue manteniendo.  

De ahí que estuviésemos tan involucrados con en esfuerzos de recuperación de Nicaragua luego del devastador terremoto que destruyó ese país el 22 de diciembre de 1972. Toda la familia participó en la recaudación de artículos y donativos, un esfuerzo que lideró Roberto Clemente quien era, y sigue siendo, un ídolo, en ese país. Para garantizar que los donativos llegaran al pueblo, tan necesitado en ese momento, Clemente decidió viajar él mismo en el último de los vuelos cargados de alimentos y artículos de primera necesidad que salieron desde San Juan hacia Managua.  Saldría el 31 de diciembre.  

Recuerdo que el centro de acopio era en el Estadio Hiram Bithorn en Hato Rey. Allí estábamos muchos voluntarios llenando, cerrando, y rotulando cajas que saldrían en ese último vuelo. Yo tenía catorce años y me sentía tan orgullosa de ser parte de ese esfuerzo y de ver como Puerto Rico se estaba volcando en ayuda para el hermano país, tierra de mi abuela. 

En un momento dado, en medio del bullicio, escuché la voz de papi que me llamaba: “Lily, ven acá que te quiero presentar a un amigo.” Yo me levanté y allí parado al lado de mi padre estaba el gran Roberto Clemente. Por poco me desmayo. Las piernas me temblaban.  Me sonrió y me dio la mano.  Si dijo algo no recuerdo. Yo estaba en “shock”.  Lo que jamás se me olvidará es la fecha:  fue el 30 de diciembre de 1972.  Conocí a Roberto el día antes de su muerte. 

Esa madrugada papi me despertó ahogado en llanto. “Murió Roberto,” repetía, “murió Roberto.” Me contó lo que había ocurrido, y lloramos juntos. Roberto Clemente tenía treinta y ocho años la noche que murió junto a otros tres tripulantes en ese avión de carga que permanece todavía hoy en el fondo del mar cerca del área de Piñones.  

Cada vez que se conmemora algo relacionado a Clemente, pienso en mi papá y en mi abuelo, y en lo mucho que lo querían y admiraban. Y pienso en la falta que nos hace, tanto como país como a nivel individual, poder identificar héroes, personas que podamos admirar, puertorriqueños con talentos y fortaleza de carácter que nos alimenten esa autoestima nacional tan lacerada tras décadas de vivir pisados y de escuchar que no somos suficiente. Y los hay… hay muchos.  Que el recuerdo de Clemente siempre te lleve a reconocer que vienes de un país de grandes hombres y mujeres que están transformando el mundo desde sus campos de batalla, aún cuando no conozcas sus nombres. Si buscas, los vas a encontrar.  Que no se te olvide jamás de dónde vienes… 

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