Viajar en avión suele estar asociado con vacaciones, reencuentros familiares, nuevos destinos o compromisos laborales. Mientras la mente está enfocada en el lugar de llegada, el cuerpo humano inicia un proceso de adaptación para enfrentar un entorno muy distinto al que experimenta en tierra. Aunque la mayoría de estos cambios son temporales, conocerlos puede ayudar a tener una experiencia de viaje más cómoda, saludable y segura.
La Lcda. María M. Santiago Reyes, pasada presidenta del Colegio de Químicos de Puerto Rico, explica que durante un vuelo el organismo pone en marcha diversos mecanismos para mantener su equilibrio interno, adaptándose a condiciones como la menor disponibilidad de oxígeno, la baja humedad de la cabina y los cambios de presión.
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La altitud obliga al cuerpo a adaptarse
Uno de los principales cambios que experimenta el organismo durante un vuelo está relacionado con la altitud. Aunque las cabinas de los aviones están presurizadas para garantizar una respiración adecuada, las condiciones no son idénticas a las que existen al nivel del mar.
«La cabina del avión está presurizada para que podamos respirar con normalidad, pero las condiciones no son exactamente iguales a las que existen al nivel del mar. En términos sencillos, el cuerpo recibe una cantidad menor de oxígeno», explica la especialista.
Para la mayoría de las personas, esta reducción no representa un problema importante. Sin embargo, algunas pueden experimentar cansancio, somnolencia, dolor de cabeza leve o dificultad para concentrarse, especialmente cuando se trata de vuelos de larga duración.
La deshidratación es uno de los efectos más frecuentes
Otro de los cambios más comunes durante un viaje en avión es la deshidratación. Muchas personas notan que sus labios se resecan, sienten la garganta áspera o presentan irritación en los ojos después de varias horas de vuelo.
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Según Santiago Reyes, esto ocurre porque «el aire dentro de la cabina contiene muy poca humedad. A medida que transcurren las horas, el cuerpo pierde agua más rápido de lo habitual a través de la respiración y la piel, lo que puede contribuir a una sensación general de fatiga».
Mantener una adecuada hidratación antes, durante y después del vuelo puede disminuir estas molestias y favorecer una mejor adaptación del organismo.
¿Por qué sentimos presión en los oídos e inflamación?
La sensación de presión en los oídos o la hinchazón abdominal también tiene una explicación científica. Durante el vuelo, los cambios en la presión atmosférica hacen que los gases presentes en el organismo se expandan.
La especialista señala que «los gases se expanden cuando cambia la presión. Por ello, algunas personas experimentan incomodidad digestiva o sensación de inflamación mientras permanecen en el aire».
Aunque estas molestias suelen desaparecer poco después del aterrizaje, pueden resultar incómodas durante el trayecto, especialmente en personas con sensibilidad digestiva.
Permanecer sentado durante horas también pasa factura
Los vuelos prolongados implican pasar mucho tiempo sentado, una situación que puede afectar la circulación sanguínea, especialmente en las piernas.
«La falta de movimiento puede disminuir la circulación sanguínea en las piernas, provocando pesadez, adormecimiento o inflamación», advierte la experta.
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Por ello, recomienda levantarse ocasionalmente, caminar por el pasillo y realizar ejercicios sencillos de estiramiento cuando las condiciones del vuelo lo permitan. Estas medidas ayudan a favorecer la circulación y reducir la sensación de pesadez.
El jet lag altera el reloj biológico
Cuando un viaje implica cruzar varios husos horarios aparece uno de los efectos más conocidos: el jet lag.
Santiago Reyes explica que «el cerebro regula los ciclos de sueño mediante sustancias como la melatonina, una hormona estrechamente relacionada con la luz natural. Al cambiar rápidamente de horario, este delicado sistema se desajusta temporalmente».
Como consecuencia, pueden aparecer dificultades para dormir, cansancio durante el día, irritabilidad y una sensación de desorientación que puede extenderse durante varios días, mientras el organismo logra adaptarse al nuevo horario.
El estrés también forma parte del viaje
Aunque viajar suele relacionarse con experiencias positivas, el proceso también puede generar estrés. Llegar puntualmente al aeropuerto, superar los controles de seguridad, hacer conexiones o modificar la rutina diaria puede activar respuestas fisiológicas del organismo.
La especialista explica que estas situaciones aumentan la producción de cortisol y adrenalina, hormonas que preparan al cuerpo para afrontar momentos de tensión, pero que también pueden favorecer el agotamiento físico y mental.
Pequeños hábitos que ayudan a viajar mejor
La buena noticia es que existen medidas sencillas que pueden hacer una diferencia importante en el bienestar durante un vuelo.
Dormir adecuadamente la noche anterior, mantener una buena hidratación, moderar el consumo de alcohol y cafeína, levantarse con frecuencia para caminar y descansar al llegar al destino son recomendaciones que favorecen la adaptación del organismo.
Como concluye la Lcda. María M. Santiago Reyes, «cada vuelo representa un proceso de adaptación en el que participan nuestros pulmones, el sistema circulatorio, el cerebro y numerosos mecanismos químicos que trabajan de manera coordinada para mantener el equilibrio interno».
Comprender estos cambios permite viajar con mayor tranquilidad, cuidar mejor del organismo y disfrutar cada destino sabiendo que, mientras contemplamos el paisaje desde la ventanilla, el cuerpo humano también está realizando un extraordinario recorrido de adaptación.

