Una de las experiencias más divertidas con mi hija es la oportunidad de volver a mirar el mundo con ojos frescos. Es una fuente constante de inspiración. Muchas veces lo hace sin proponérselo.
Hace poco íbamos en el carro de camino a casa. Era un viaje relativamente largo, de esos que nos dan tiempo para conversar. Mientras mirábamos los colores de los flamboyanes, el cielo y el sol, mi hija me comentó:
“Mami, nunca he entendido por qué el sol se asocia con lo masculino y la luna con lo femenino. Para mí, el sol siempre ha sido mujer y la luna hombre”.
Me encantó esta afirmación, pero su explicación me pareció todavía más interesante.
Le pregunté qué características del sol asociaba con las mujeres. Me dijo que el sol es poderoso, fuerte y capaz de alumbrar y dar vida. También puede ser intenso, añadió, como pueden serlo las madres.
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Aprovechamos esa analogía y seguimos hablando de los amaneceres y atardeceres. El sol nos regala todos los días colores diferentes. Mi hija lo comparó con las madres, que también llevan a la vida matices, colores y emociones distintas.
La luna, según ella, es “cool”. Tiene fuerza, mueve las mareas y atraviesa sus propias fases. Su luz refleja la del sol. Ella la percibe como masculina, aunque esa asociación sea distinta de la que ha escuchado.
Por supuesto, estábamos hablando de cómo imaginamos el sol y la luna. Lo que me encantó fue la libertad con la que pudo mirar algo que damos por sentado y decir: “Yo veo otra cosa”.
¿Quién decidió cómo debemos mirar el sol?
Su comentario me hizo pensar en las asociaciones que aprendemos sin detenernos demasiado a examinarlas. Las encontramos en cuentos, canciones y conversaciones. Hasta decir “el sol” y “la luna” nos resulta tan familiar que rara vez nos preguntamos qué imágenes acompañan esas palabras.
Mi hija veía fuerza, intensidad y capacidad de dar vida, y todo eso le parecía femenino. Al escucharla, me pregunté cuánto de lo que consideramos natural viene de nuestra experiencia y cuánto de una historia que hemos escuchado muchas veces.
El filósofo Michel Foucault estudió archivos y documentos de instituciones como hospitales y prisiones. Allí examinó cómo se había contado la historia y qué voces habían quedado fuera. Su trabajo nos ayuda a entender que las personas y las instituciones con más poder también influyen en cuáles historias se escuchan y se aceptan como verdad. Pero las experiencias menos escuchadas también forman parte de nuestra historia. Recuperarlas puede cambiar la manera en que nos entendemos.
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Mi hija no estaba intentando hacer una crítica filosófica. Estaba compartiendo su manera de mirar el cielo. La conexión con Foucault la hice yo, pensando en esas ideas que repetimos tanto que dejamos de reconocerlas como ideas.
Las historias que podemos ampliar
Esta reflexión conecta con una de mis formas favoritas de hacer psicoterapia llamada terapia narrativa. En la terapia narrativa, desarrollada por Michael White y David Epston, exploramos las historias que las personas cuentan sobre su vida y cómo esas historias influyen en la manera en que se ven. También buscamos experiencias que han quedado fuera de ese relato. A veces, al recuperarlas, la persona puede reconocer capacidades, valores o esfuerzos que la historia que repetía sobre sí misma no le permitía ver.
Algunas historias ganan tanto espacio que terminan guiando cómo interpretamos lo que nos pasa. También influyen en lo que nos atrevemos a intentar. A veces las reconocemos en frases como “yo siempre fracaso” o “yo soy así”. Pero detrás de esas frases suele haber años de experiencias, comentarios y expectativas.
En terapia narrativa, explorar estas otras historias nos permite recuperar experiencias que la historia dominante dejó fuera y explorar lo que dicen de nuestros valores, capacidades y posibilidades. Me gusta imaginarlo como volver al archivo de nuestra propia vida. Hay documentos que hemos leído muchas veces y otros a los que casi nunca les prestamos atención.
La historia de “la difícil”
Imaginemos a una mujer a quien su familia siempre ha llamado “la difícil”. La historia se construye con las veces que contradijo a alguien, levantó la voz o se negó a cumplir una petición. Con los años, cada desacuerdo parece confirmar el mismo personaje. Puede llegar un momento en que ella misma se presente así: “Es que yo soy la difícil de la familia”.
Pero ese archivo de historias puede contener otros eventos. Quizás fue ella quien señaló una injusticia que todos preferían ignorar. Tal vez protegió a un hermano, hizo una pregunta necesaria o estableció un límite.
También vale la pena preguntar qué significaba ser una mujer “no difícil” en esa familia. ¿Estar siempre disponible? ¿No contradecir? ¿Aceptar lo que otros decidieran? Esas reglas pueden influir en quién recibe el título de “la difícil”.
Si esta mujer hipotética se detuviera a mirar esos momentos, podría reconocer un sentido de justicia que ha estado presente durante años. Quizás recuerde ocasiones en las que logró defender algo importante sin lastimar a nadie. Esas experiencias también merecen un lugar en su historia y pueden ayudarla a decidir cómo quiere usar su voz y cómo quiere relatar el resto de su historia.
Sus errores siguen ahí. Puede reconocerlos, reparar el daño cuando corresponda y aprender otras maneras de expresarse. Una historia más amplia permite hacer todo eso sin reducir su identidad a un apodo familiar.
Abrir nuestros propios archivos
Quizás tenemos una historia que hemos repetido tantas veces que ya nos parece un hecho. Puede ser sobre nuestro carácter, nuestra familia, nuestra profesión o lo que se supone que debemos haber logrado a cierta edad.
Podríamos comenzar con tres preguntas:
¿Qué historia cuento sobre mí y de quién aprendí a contarla así?
¿Qué experiencias importantes se quedan fuera de esa versión?
Si les diera espacio a esas experiencias, ¿qué podría reconocer de mí o atreverme a hacer?
Podemos pensar en un momento concreto, una decisión o una conversación. Incluso recordar a alguien que haya visto en nosotros algo que nos cuesta reconocer. La intención es reconocer y contar una historia que incluya más de lo que hemos vivido.
El regalo de volver a mirar
Mi hija tiene catorce años. Me siento orgullosa de que pueda mirar una idea heredada y reconocer que no coincide con su experiencia. También me siento agradecida de que comparta esas observaciones conmigo. Sus ojos me permiten volver a ver cosas que ya había dejado de cuestionar.
Desde aquella conversación, cuando miro el sol, puedo verlo como ella lo describió. Poderoso. Intenso. Capaz de alumbrar, transformar los colores del cielo y sostener la vida.
La luna sigue siendo majestuosa. Sigue moviendo las mareas. Y, según mi hija, sigue siendo muy cool.
Me quedo con ese regalo de la conversación: recordar que una historia repetida puede dejar espacio para otra mirada.
El sol no cambió durante aquel viaje. Lo que cambió fue mi manera de mirarlo.
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