Compasión y empatía son palabras que usamos mucho en psicología. También son formas de pensar y actuar que nos inculcan en la profesión, en la crianza, en la espiritualidad y hasta en los mensajes bonitos que compartimos en las redes sociales. Por todas esas razones, me encanta poder contribuir a que pensemos en nosotros y en los demás con un poco más de compasión. Pero si vamos a decir la verdad, es mucho más fácil decirlo que hacerlo.
Aun en mi búsqueda por aportar a un mundo más compasivo, tengo momentos en que se me escapa mi juicio hacia otra persona. Me sorprendo peleando mentalmente con alguien que piensa diferente a mí. Le contesto en mi cabeza. Le gano el argumento. Le preparo hasta la presentación en PowerPoint, aunque la otra persona ni se haya enterado de que estamos argumentando.
Esa emoción que se activa cuando alguien nos lleva la contraria es bien humana. Y si no la entendemos, puede convencernos de que nuestra reacción es puramente objetiva y que la otra persona simplemente no entiende, no quiere entender o está actuando de mala fe.
Hace poco pude escuchar a la Dra. Tania Israel, psicóloga y autora de Beyond Your Bubble y Facing the Fracture. Ella trabaja con el tema de cómo conversar, o al menos vivir, con personas que tienen puntos de vista muy distintos a los nuestros. La Dra. Israel usa la ciencia psicológica para ayudarnos a entender qué pasa dentro de nosotros cuando sentimos que el otro lado no está equivocado y su punto de vista representa una amenaza.
Lee: La esperanza como estrategia en tiempos de inteligencia artificial
La doctora comienza a estudiar este tema luego de una experiencia que tuvo en los años 90. En aquel tiempo le pidieron facilitar un diálogo entre personas que tenían puntos de vista totalmente diferentes en cuanto al aborto. La doctora se dio cuenta de que para entender por qué una persona piensa diferente a nosotros, tenemos que entender también su historia y su contexto. Cuando juzgamos a una persona desde nuestras vivencias y nuestro punto de vista, muchas veces su conducta no nos hace sentido.
Siguiendo esta lógica podemos decir que entender a otra persona no significa estar de acuerdo con ella. Significa reconocer que los puntos de vista no vienen de la nada. Vienen de historias, miedos, lealtades, heridas, comunidades y experiencias.
Por supuesto la psicología tiene varios conceptos que nos pueden ayudar a entender todo este fenómeno. Primero está el sesgo de confirmación, que nos lleva a buscar y creer más fácilmente la información que confirma lo que ya pensábamos. Este sesgo se vuelve más presente porque nuestras redes sociales tienen algoritmos que nos presentan mayormente las cosas con las que estamos de acuerdo. Esto hace que estemos constantemente expuestos a información que valida nuestros pensamientos y muy poco expuestos a información que los reta.
Otro concepto es el realismo ingenuo que se define como esa tendencia a creer que yo estoy viendo la realidad como es, mientras que los que no están de acuerdo conmigo están confundidos o sesgados. También hay un concepto que llamamos asimetría en la atribución. En palabras sencillas, es cuando asumimos que nosotros actuamos desde el bien, la justicia o la protección, pero que la otra persona actúa desde egoísmo, ignorancia o maldad.
Cuando no cuestionamos estos sesgos, la empatía se nos hace cuesta arriba. Creamos una imagen equivocada de la otra persona basada en nuestros sesgos, en nuestro realismo ingenuo o en nuestros errores de atribución. Dejamos de ver de forma completa a la persona con la que estamos en desacuerdo y nos atrincheramos. Cuando digo que nos atrincheramos, me refiero a ese momento en que entramos en modo defensa. Ya no escuchamos para entender sino para preparar el próximo argumento.
El grupo More in Common estudió precisamente esa distancia entre lo que la otra persona realmente piensa y lo que nosotros creemos que piensa. Su investigación encontró que muchas veces imaginamos a quienes están “del otro lado” como más extremos de lo que realmente son. Y eso importa, porque si yo creo que la otra persona es más extrema, más hostil o peligrosa, entro más fácilmente en modo defensa y me atrinchero.
Lee también: Me pinté el pelo de rosa: la psicología detrás de los permisos que no nos damos
Aunque entender estos sesgos es un buen primer paso, lo más importante es saber qué podemos hacer para mejorarlo. Conozco estrategias pero no antídotos. En muchas ocasiones peco de ser un poco juzgadora. Comparto algunas de las estrategias que uso y que me ayudan a bajar el volumen de la pelea interna y conectar mejor con la otra persona. Aquí te las presento por si te ayudan también.
La primera pregunta es: ¿Qué vivencias ha tenido esta persona que la hacen pensar diferente a mí?
Esta pregunta me obliga a buscar contexto. No me obliga a cambiar de opinión. No me pide justificarlo todo. Solo me pide imaginar el camino que pudo haber llevado a esa persona a mirar el mundo de esa manera. A veces me ayuda imaginar cómo sería un día en la vida de esta persona, cómo habrá sido su crianza, o cómo ese pensamiento diferente le ayuda a vivir en su contexto actual.
La segunda pregunta es: ¿Cómo el miedo puede estar haciendo que esta persona reaccione así?
En muchas ocasiones, detrás de una postura rígida, hay algo que la persona está tratando de proteger. Puede ser su seguridad, su identidad, su familia, su salud, su autonomía, su sentido de justicia, su pertenencia o su historia.
Cuando puedo imaginar el posible miedo, mi juicio cambia un poco. No necesariamente desaparece. Pero deja de ser tan absoluto. La persona ya no es solamente “terca”, “irracional” o “imposible”. Es alguien intentando proteger algo.
La tercera pregunta es: ¿Qué parte de esa persona me recuerda algo que yo lucho por no ser o no mostrar?
Esta es la más incómoda. Y quizás por eso es super útil.
A veces lo que más me molesta de otra persona es algo que también vive en mí. No porque yo sea igual, sino porque reconozco la energía o la conducta como algo que yo he luchado por reprimir o no mostrar. Por ejemplo, una persona que muestra emocional al hacer un argumento me recuerda esa parte de mí que se molesta y que me enseñaron desde pequeña a reprimir porque no estaba bien visto que una mujer argumente de forma molesta.
Vamos a poner todos estos conceptos en acción usando un ejemplo sencillo.
Digamos que estoy teniendo una conversación sobre leche de vaca. Mi amiga piensa que es dañina, que los niños no deben consumirla y que debe sustituirse por leche de almendras. Yo por el contrario, pienso que la leche de vaca es excelente y que los poderes de mercadeo han logrado demonizar uno de los mejores alimentos con los que hemos contado como sociedad. Además, las almendras no dan leche. En todo caso, sería jugo de almendras.
Solo escribiendo esto puedo pensar en mil argumentos más.
Pero, ¿de qué me sirve? Mi amiga está convencida y yo probablemente lo único que voy a lograr es molestarme. Apliquemos entonces las tres preguntas.
¿Qué vivencias ha tenido esta persona que la hacen pensar diferente a mí? Mi amiga desarrolló intolerancia a la lactosa. Cuando niña odiaba que la obligaran a tomar leche. Para ella, la leche de vaca no es un alimento nostálgico ni nutritivo. Es un recuerdo corporal de incomodidad.
¿Cómo el miedo puede estar haciendo que esta persona reaccione así? Cuando yo argumento los beneficios de la leche, quizás le recuerdo a sus padres obligándola a tomar algo que le caía mal. Mi entusiasmo puede sentirse como imposición.
¿Qué parte de esa persona me recuerda algo que yo lucho por no ser o no mostrar? Me recuerda a cuando yo estoy tan convencida de algo que entro en “modo de predicar” y trato de convertir a los demás. Eso se aleja de mi educación en las ciencias, que nos exige que mantengamos una postura de curiosidad y apertura en lugar de terquedad. Cuando estoy en ese modo, no escucho tanto como creo. Estoy demasiado concentrada en convencer.
Luego de pasar la conversación por estas tres preguntas, entiendo mejor el punto de vista de mi amiga y lo respeto. Si lo pienso bien, ante circunstancias similares, quizás yo también fuera defensora del jugo, digo, de la leche de almendras.
Mi opinión positiva sobre la leche de vaca no ha cambiado. Pero mi relación con la conversación sí cambió.
Hay un punto importante que nos falta tocar. Aunque mi llamado es a tratar de entender el punto de vista de otra persona con la que no estamos de acuerdo, eso no implica que siempre tenemos que quedarnos en conversaciones que nos hacen daño. No podemos estar en los extremos. No es bueno quitarnos de cualquier conversación porque nos traiga ansiedad. A veces las conversaciones difíciles son las más productivas. Tampoco es bueno quedarme en conversaciones que me están haciendo daño. No significa tolerar agresiones, ni callar ante injusticias, ni debatir la dignidad humana de nadie. A veces la respuesta más compasiva es poner límites o salir de la conversación.
Entender no es estar de acuerdo. Escuchar no es rendirse. Tener compasión y empatía no es abandonar nuestros valores. Siempre podemos recordar que la otra persona llegó a su punto de vista por algún camino. Y que yo también llegué al mío por otro.
¿Y tú? ¿A quién puedes escoger entender hoy?

