Soltando el equipaje…

El treinta de este mes se cumplen diez años de haberme separado del que fue mi esposo. Él regresó a California, lugar donde vivió toda su vida. La separación fue bastante súbita, y aunque hemos mantenido cordialidad, lo cierto es que no ha habido mucha comunicación a través de los años.  

Lo que sí ha habido es una colección de artículos que dejó atrás y que llevan diez años ocupando espacio en una de las habitaciones de mi casa. Entre ellos, estaban cómics de las décadas sesenta y setenta, guardados desde su niñez, aunque no en las mejores condiciones; el arte original de los cómics que él escribió y dibujó sobre nuestra vida, y la novela gráfica que también publicó poco antes de irse de la isla. Había también artículos de colección que guardó durante muchos años. 

No tienen idea de la cantidad de veces que escuché de alguna de mis amistades o seres queridos la frase: “Pero chica bota todo eso. Si él no lo ha mandado a buscar, es porque no le interesa”. Pero a mí no me da el corazón para botar a la basura el arte original de un artista. Y en el caso de mi ex, recuerdos, como los cómics viejos, que es de lo poco que conserva de su niñez. Y sabía que él no tenía el dinero para pagar por el envío. Así que, entre huracanes, terremotos, pandemias y pérdida de seres bien queridos, los años pasaron. Y las cajas en el cuarto.  

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A principios de este año, le envié, a él, fotos de lo que había y le pedí que escogiera lo que quería conservar. Una vez hizo la selección, le pedí a uno de mis sobrinos que me ayudara, y empacamos todo en siete contenedores plásticos grandes. Los medimos, los pesamos, y pedí una cotización a una compañía que me recomendaron. Le pedí a mi ex que aportara lo que pudiese, y así lo hizo. Y se siguió complicando mi año:   muchos proyectos de trabajo, un nuevo libro, situaciones de salud de mi mamá, etc. Ustedes saben como es. El tiempo pasa y uno no se da ni cuenta.  

La semana pasada entré a esa habitación a buscar algo y sentí que los contenedores me daban una bofetada en la cara. Habían pasado casi ocho meses desde aquella cotización, pero le volví a escribir al muchacho diciendo que quería retomar el envío a California. Reconociendo que estamos en plena época navideña, pensé que me iba a decir que lo dejáramos para enero o febrero. Pero para mi sorpresa, su respuesta fue: “Si las tienes listas mañana las recogemos”. Yo me quedé fría. Lo único que me pidió fue que las cerrara bien con cinta adhesiva fuerte, que ellos se encargarían del empaque.  

Y así lo hice. Volví a abrir los contenedores, anoté lo que cada uno tenía adentro, los numeré, y como cirujana realizando un delicado procedimiento, aseguré las tapas de cada uno con cinta adhesiva industrial. Mientras lo hacía recitaba mantras de purificación. El proceso, sin yo pretenderlo, se transformó en un ritual, en una especie de despojo.  Y al otro día se llevaron las cajas.  

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A la primera persona que se lo dije fue a mi hermana Eva. Y mientras se lo contaba, me sorprendió el llanto. Yo le decía “Es que no sé porqué estoy llorando…no es pena, no es de alegría tampoco”.  Posiblemente el llanto fue la respuesta a un sentido de liberación por haber soltado finalmente ese peso y esa energía que no era mía, pero que, sin embargo, ocupaba espacio en mi hogar. Una vez más reconfirmé lo que siempre he sabido, que cuando uno toma una decisión, el universo conspira para ayudarte a que las cosas se muevan hacia donde se tienen que mover.  

Espero que con la despedida del 2025 puedan ustedes también soltar cargas, ya sean de sus espacios internos o externos. Dense la oportunidad de liberarse. Y que el nuevo año llegue cargado de nuevas bendiciones. Felicidades y gracias por leerme hoy y siempre…

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