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Lily García

Amor al estilo hindú

Yo no soy fanática de los “reality shows”. Me ponen ansiosa y me da vergüenza ajena ver lo que algunas personas están dispuestas a hacer con tal de estar en televisión. Pero hay uno en Netflix que me tiene pegá desde su primera temporada. Se llama “Indian Matchmaking”. Los que me conocen saben que siento una gran fascinación por la cultura y tradiciones de la India. En esta serie, que ya está en su segunda temporada, jóvenes profesionales indios (o sus padres), tanto en la India como en los Estados Unidos, contratan los servicios de Sima, una casamentera radicada en Mumbai, quien se encarga de conseguir prospectos para sus clientes.

Estos son hombres y mujeres en sus veintipico largos o treintipicos, todos exitosos, con buena educación y económicamente independientes, quienes no han encontrado pareja a pesar de haber intentado de todo. Uno podría pensar, “¿y cuál es la prisa?” La prisa es que en la cultura india el encontrar pareja temprano en la vida y formar una familia es casi un mandamiento. La presión es fuerte. Aunque mucho menos que antes, en la India se practica todavía el “arreglar” matrimonios entre jóvenes provenientes de familias que se conocen y respetan. Uno pensaría que es cosa de locos en pleno siglo 21. Pero encuestas recientes indican que el setenta y cinco por ciento de los jóvenes en la India prefieren los matrimonios arreglados.

En “Indian Matchmaking” no se “arreglan” los matrimonios, sino que la casamentera ofrece el servicio de investigar candidatos y tratar de empatar a sus clientes o clientas con otros que tienen las características que cada cual busca en una pareja. Es básicamente lo mismo que conocer personas en línea a través de las muchas páginas que existen para esto. La diferencia es que Sima busca empatar a indios con otros indios. Resulta gracioso que, en la mayoría de los casos, en esa primera reunión con Sima, e inclusive la primera vez que conocen a algunos de los prospectos, los padres están presentes. No es que sea necesario que ellos aprueben o no a la persona, pero para estos jóvenes la opinión de sus padres es sumamente importante porque entre sus criterios principales está el que tengan “valores comunes” y que se puedan adaptar fácilmente a sus familias.

Hay algunos de los clientes, sin embargo, especialmente las mujeres, que tienen una lista de requisitos demasiado larga y específica. Sima, dada su experiencia, siempre enfatiza que esas expectativas, especialmente cuando tienen que ver con aspecto físico y gustos tontos, van a ser muy difíciles de cumplir, y que lo más importante es el tener valores y planes de vida en común. Lo que resulta interesante es que muchas de estas mujeres, la mayoría hermosas además de exitosas, se van dando cuenta en el proceso que hay una razón por la cual no han podido encontrar pareja a través de métodos tradicionales. Terminan reconociendo que el problema está en ellas, que necesitan buscar conocerse mejor, ser más abiertas, y entender porque no han sabido escoger bien. En otras palabras, que, aunque la experiencia con la casamentera no sea exitosa, el proceso les ha servido para ayudarlas a crecer emocionalmente.

Pienso que el programa me toca de forma personal porque después de tres divorcios y par de misas sueltas entre matrimonios, siento que mi problema no ha sido “mala suerte” con los hombres. Tal vez la lista de mis expectativas, a diferencia de estas mujeres super exigentes, ha sido demasiado corta. O tal vez al escoger no he tomado en cuenta lo que es verdaderamente importante para mí en una pareja. Ya a la edad que tengo estoy mucho más clara. No sé si volveré a tener un compañero de vida, pero si ocurre, tal vez ese primer “date” debe ser en algún lugar donde estén mami, mis hermanas, hermano, y sobrinos. O se queda o se espanta. O tal vez debo escribirle a Sima a ver si uno de sus clientes tiene un “abuelo” viudo o divorciado que esté dispuesto a relocalizarse en Puerto Rico. Quien sabe. Con el amor al estilo hindú, cualquier cosa puede pasar.

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