El personal de enfermería es el eje clave para detectar el impacto sistémico, la baja adherencia y los trastornos emocionales en los pacientes dermatológicos
Las enfermedades autoinmunes y autoinflamatorias de la piel trascendieron el ámbito estético para consolidarse como condiciones sistémicas complejas. Durante el Congreso de Enfermería organizado por BeHealth en este municipio, la doctora Tania González, especialista en dermatología, advirtió que el abordaje de estas patologías requiere una alianza indisoluble entre médicos y enfermeros, debido a que el éxito clínico y la supervivencia del paciente dependen del monitoreo integral en la práctica diaria.
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La doctora González destacó la asimetría y el valor complementario que existe en la rutina clínica de ambas disciplinas.
«Hay muchas cosas en nuestro entrenamiento de médicos que con todo orgullo le digo que ustedes saben y nosotros no tenemos idea, y muchas cosas pues que nosotros sabemos y ustedes a veces no tienen idea. El complemento de las dos carreras de enfermería y medicina yo pienso que es algo que es sumamente importante para dar un buen trato a nuestros pacientes y que sea el más completo», afirmó la especialista.
La primera línea contra el impacto «invisible»
El factor de mayor peso en la práctica de enfermería radica en su posición como el receptor primario de los síntomas que el paciente oculta en la consulta médica formal por timidez o estigma social. Condiciones de alta prevalencia en Puerto Rico, como la psoriasis —que afecta a entre el 2% y el 3% de la población mundial—, conllevan riesgos que van desde la artritis psoriásica hasta el síndrome metabólico, la hipertensión y los eventos cardiovasculares, factores que reducen la expectativa de vida de tres a cinco años.
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La baja adherencia a las terapias tópicas tradicionales, la cual se sitúa en un crítico 30% cuando falta educación clínica, representa uno de los desafíos principales donde la intervención del enfermero es determinante. Asimismo, la aparición de terapias de vanguardia como los inhibidores de JAK (Janus kinasas) para el vitíligo y la alopecia areata, o los biológicos dirigidos para el lupus cutáneo, exigen un esquema estricto de farmacovigilancia para prevenir infecciones o monitorear parámetros hematológicos.
La monitorización rigurosa adquiere un carácter de urgencia ante diagnósticos severos como la dermatomiositis, una patología poco común que presenta una asociación de hasta el 30% con malignidades o cánceres internos. Ante este panorama, la evaluación física de enfermería orientada a detectar «banderas rojas» —tales como fiebre, debilidad muscular proximal o dolores articulares— funciona como el eslabón que previene desenlaces fatales.
La especialista concluyó su ponencia con un llamado urgente a consolidar el binomio médico-enfermero para atender no solo la manifestación cutánea, sino también la carga psicológica de quienes recurren al aislamiento o al uso de vestimentas invernales en pleno verano tropical para ocultar sus lesiones.
«Yo sola no pudiese atender a estos pacientes. La enfermería es clave: la educación, el monitoreo, el acompañamiento, no físico, pero mucho más emocional para que el paciente sienta que llegó un equipo que lo entiende y que sabe lo que está pasando no únicamente en su cuerpo externo, también en su mente», puntualizó González.

