Por: Dra. Lilifrancheska Lebrón Torres, naturópata
Cada uno de nosotros necesita experimentar un cambio en la forma en que se percibe a sí mismo y a su enfermedad. Un cambio de fondo y figura… una nueva manera de mirar lo que creemos que somos.
A lo largo de mi vida, me ha ayudado entender que existe una brecha —a veces enorme— entre quiénes somos realmente y cómo aparentamos ser. Esta distancia puede formarse por muchas razones… incluso por experiencias difíciles en la infancia.
Muchas personas consideran superficial preocuparse por cómo otros nos perciben. Y sí, es fundamental conocer nuestro valor más allá de la mirada externa. Pero también es cierto que, en cierto nivel, esa percepción influye. Puede impactar oportunidades, relaciones… e incluso la forma en que sanamos.
Somos influenciados, en parte, por cómo otros nos ven. Y, de alguna manera, también les enseñamos cómo mirarnos.
Si los demás nos perciben como “enfermos” o “dañados”, esa imagen puede comenzar a sentirse real. Puede reforzarse internamente hasta convertirse en identidad.
Y aquí surge una pregunta importante:
si te ves a ti mismo como una persona enferma… o estás rodeado de personas que te ven así… ¿cómo afecta eso tu proceso de recuperación?
La percepción no es solo mental… también es física
La ciencia nos ofrece ejemplos muy claros.
Un estudio encontró que las personas sienten más dolor cuando creen que alguien les está causando ese dolor intencionalmente.
Otro mostró que decir una mala palabra al lastimarse puede reducir la sensación de dolor.
¿Qué nos dice esto?
Que nuestras emociones moldean cómo experimentamos el dolor.
Si nos sentimos atacados, duele más.
Si expresamos rechazo o liberación, duele menos.
Pero hay algo aún más interesante.
En un estudio con trabajadoras de hotel, todas realizaban las mismas tareas físicas. A un grupo se le explicó que su trabajo cumplía con los requisitos diarios de ejercicio recomendados. Al otro grupo no se le dijo nada.
¿El resultado?
El primer grupo mejoró su salud de forma medible: peso, presión arterial, composición corporal.
El segundo grupo no mostró cambios.
No cambiaron sus acciones… cambió su percepción.
Y eso fue suficiente para transformar su cuerpo.
Cómo pensamos sobre el envejecimiento también importa
La mayoría de las personas no se siente especialmente entusiasmada con envejecer.
Es común empezar a enfocarse en pérdidas… en limitaciones… en lo que ya no es igual.
Pero esta narrativa interna, aunque comprensible, puede ser profundamente perjudicial.
Investigaciones han demostrado que tener una visión genuinamente positiva sobre el envejecimiento:
- Mejora la salud
- Aumenta la longevidad
- puede tener más impacto que hacer ejercicio o dejar de fumar
En contraste, las percepciones negativas generan estrés crónico… y este estrés puede afectar estructuras clave del cerebro, como el hipocampo, relacionado con la memoria, las emociones y funciones vitales.
No somos observadores pasivos de nuestra reality
Nuestra mente no solo observa lo que sucede… también participa en la experiencia.
Desde la ciencia, sabemos que la forma en que percibimos puede influir en cómo vivimos la realidad… e incluso en cómo responde nuestro cuerpo.
Y aquí hay algo profundamente humano:
Tenemos la capacidad de elegir cómo interpretamos lo que vivimos.
Podemos enfocarnos en lo que falta… o en lo que es posible.
Podemos vernos limitados… o en proceso.
La forma en que te ves a ti mismo —y a tu enfermedad— puede:
- Cerrar posibilidades
- O abrir caminos inesperados hacia la sanación
Mirar de frente… también transforma
A veces, para reconectar con nuestra esencia, necesitamos enfrentar una verdad difícil: somos seres finitos.
Esto aplica estemos enfermos o no.
Muchas veces evitamos este pensamiento… lo posponemos.
Pero mirarlo de frente puede ser profundamente transformador.
Puede ayudarnos a redefinir prioridades.
A reconectar con lo que realmente importa.
Y a generar ese cambio interno necesario para reconstruir nuestra identidad… más allá de la enfermedad.
Una reflexión para cerrar
Tal vez la sanación no comienza únicamente con un tratamiento…
Sino con una pregunta honesta:
¿Desde dónde me estoy viendo a mí mismo?
Porque en esa respuesta… puede empezar un cambio real.

