Por el Día del Padre, pocos relatos resuenan con tanta emoción como el de los doctores Alberto y Federico Corica, una dupla de padre e hijo que no solo comparten la sangre, sino también la bata médica, el bisturí y una profunda vocación por servir. En el Hospital Metropolitano Dr. Pila en Ponce, su historia no solo honra la medicina, sino también el amor filial que se cultiva entre pasillos, quirófanos y memorias compartidas.
Alberto Corica es médico urólogo, formado como cirujano general y con décadas de experiencia. Su hijo, Federico, siguió sus pasos no por obligación, sino por admiración. “Yo no quería ser médico al principio”, confiesa Federico.
“Nunca veía a mi papá, siempre estaba trabajando. Pero cuando salí de la escuela y conocí a personas que habían sido sus pacientes, y me contaban lo que él había hecho por ellos, decidí seguir sus pasos. Elegí la medicina por él”, dijo.
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Lo que los une
La medicina, y en particular la urología, se convirtió en un vínculo que fortaleció aún más su relación. “Empecé a acompañar a mi padre en la oficina durante mis vacaciones, y descubrí que la urología combina el arte del cirujano con el análisis del internista. Es una especialidad donde uno puede hacer muchas cosas y especializarse en distintas áreas. Eso me atrapó”, explica Federico.
El orgullo de Alberto por trabajar con su hijo es evidente: “En él admiro su dedicación, su esfuerzo, su permanente actualización. Y, sobre todo, su trato humanitario con los pacientes”. Federico, por su parte, se emociona al hablar del aprendizaje diario a su lado:
“Yo hice una segunda residencia con mi padre. Escucho todo lo que él dice porque para mí es muy importante. Espero tenerlo a mi lado muchos años más, porque todos los días me da una lección nueva”.
Como en toda relación cercana, también han tenido diferencias. “La familia es como una empresa donde los que forman parte nunca pueden separarse. Siempre hay dificultades, porque cada uno piensa distinto. Pero se aprende a escuchar al otro y a reconocer que muchas veces el otro tiene la razón”, reflexiona Alberto.
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Esa conexión se ha vuelto aún más especial con la incorporación de un tercer urólogo a la familia: el otro hijo de Alberto, quien vive en Arizona y viaja regularmente a Puerto Rico para trabajar junto a su padre y hermano.
“Somos tres urólogos trabajando juntos. Una vocación triplemente compartida”, dice Federico con orgullo.
El equilibrio entre la vida profesional y familiar no ha sido sencillo, y ambos reconocen el papel clave de la madre de familia. “La que ha puesto las cosas en su lugar es mi esposa. Ser padre no es una tarea, es una misión. Y no se puede cumplir sin el apoyo de tu pareja”, afirma Alberto, conmovido. “Llevo más de 50 años casado y gracias a ella he podido disfrutar plenamente tanto de mi familia como de mi profesión”.
La exhortación
La celebración del Día del Padre cobra para ellos un significado especial. “Yo lo celebro como hijo, recordando a mi padre, que ya no está, pero a quien le debo todo lo que soy. Y también lo celebro como padre, orgulloso de mis cuatro hijos, que se han desarrollado perfectamente bien”, dice Alberto.
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Federico concluye con una imagen que resume su respeto y amor: “Cuando tengo un problema en mi vida, me pregunto: ¿qué haría mi padre en este momento? Ese es el verdadero legado. Un legado vivo, que se construye todos los días”.
Al final del día, ser padre, como dice el doctor Corica, “no es una tarea. Es una misión. Y la mía, gracias a Dios, ha valido la pena”.

