La semana pasada vi las estrellas. No como me hubiese gustado, a través de un telescopio derramadas en un cielo despejado. Vi las estrellas cuando mi cabeza chocó con el asfalto a raíz de una caída. Mi amiga Isandra y yo íbamos saliendo de un centro comercial de camino a buscar nuestros vehículos cuando un conductor dando reversa no nos vio, impactándonos a ambas. Isandra, aunque toda golpeada, pudo levantarse rápidamente. Yo no. La goma de atrás del vehículo me pasó por encima del pie derecho.
El conductor y su acompañante se detuvieron y vinieron a socorrernos. También llegaron otras personas, incluyendo una enfermera retirada que tomó el control de la situación, agarró el celular de Isandra, llamó a 911 y a la hija de mi amiga. Estábamos las dos aturdidas todavía cuando llegaron las ambulancias con los paramédicos que nos llevaron al Doctor’s Hospital en Santurce. Yo sabía que mi pie no estaba fracturado porque a pesar del dolor podía moverlo y mover los dedos. Me preocupaba más que hubiese una concusión por el golpe en la cabeza.
Después toda una serie de CTs y placas resultó que ni mi amiga ni yo tuvimos fracturas. Fue milagroso que yo no tuviese ninguna ya que padezco de osteoporosis. Mi reumatóloga va a brincar de alegría cuando se entere que los medicamentos que he utilizado durante los pasados cuatro años están funcionando. Tampoco hubo concusión cerebral. Parece que soy cabecidura. Tanto mi amiga como yo estamos llenas de moretones y raspasos en piernas y brazos. Pero lo de mi pie fue lo peor. Una herida bastante profunda y abierta que, aunque me permite caminar, tengo que estar observando constantemente y tratándola para evitar infección.
Ustedes que me leen saben que yo hablo siempre acerca del Orden Divino, de como nada pasa por casualidad, sino que detrás hay una causa para todo. Todavía no tengo clara la razón de este accidente que me obligó a cancelar durante una semana todos los compromisos que tenía. Pero sí les puedo decir que, a raíz de los CTs, etc. que me hicieron en emergencia, aparecieron un par de cositas que debo atender y de las cuales jamás me hubiese enterado si no hubiese tenido que ir a un hospital.
Tengo que admitirles que la experiencia me ha dejado un poco de estrés post traumático y a veces guiando me siento insegura (aún cuando el accidente no tuvo nada que ver con mi vehículo). Por otro lado, me volví a convencer de que digan lo que digan, los buenos somos más. Muchas personas vinieron a asistirnos en el lugar del accidente, y más tarde en el hospital acompañantes de otros pacientes me ayudaron en varias ocasiones a caminar hasta el baño.
Desde que me subieron a la ambulancia (por primera vez en mi vida), noté que mi mente tendía a irse al peor de los escenarios. Para controlarla saqué de mi caja de herramientas “mantras” o frases repetitivas que me ayudaron a enfocarme en el momento mientras respiraba profundo. Ya en sala de emergencia a Isandra y a mí nos colocaron en espacios donde podíamos vernos una a la otra. Cuando bajó la tensión, el sentido del humor de ambas, y de Amanda, la hija de mi amiga, nos ayudó a fortalecernos poco a poco a nivel emocional. Nuestra frase lema de ahora en adelante “Amigas que son arrolladas unidas, permanecen unidas”.
Hay momentos en que todavía cuando cuento lo que ocurrió o llega a mi mente ese instante en el cual sentí un vehículo atropellándome, lloro. Creo que me falta todavía bastante por procesar. Pero de dos cosas estoy segura: primero, de que para mí y para mi amiga esto pudo haber sido mucho peor. Estamos vivas de milagro. Y segundo, que la vida es demasiado frágil para desperdiciarla en tonterías, y quel, como bien dice Benito Antonio, “Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda”

