Mi hijo vive en 35 corazones: Bruni, una madre que transformó el dolor en vida

En el momento más difícil de su vida, cuando el dolor parecía no tener fondo, Bruni Rivera recibió una llamada que cambiaría su historia para siempre. Su hijo, de 18 años, había fallecido, y en medio de ese duelo inmenso, LifeLink se comunicó para orientarla sobre la donación de órganos y tejidos.

“En un mar de emociones entendí lo importante que es, entendí lo lindo que es y para qué sirve”, recuerda.

La noticia llegó cuando menos fuerzas tenía, pero aun así decidió escuchar. “Si podemos desarmar, ¿por qué no?”, dice al explicar cómo logró comprender el impacto real de donar. Hoy, casi dos décadas después, afirma con firmeza: “A este momento no nos arrepentimos de haberlo hecho”. Su historia es una muestra de amor que trasciende la muerte.

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Un legado que salvó 35 vidas

Bruni explica que su hijo fue donante de tejidos y que 35 personas fueron receptoras. “Mi hijo tenía un rating de cinco personas para ser usado en los tejidos… y 35 personas fueron receptores de ese tejido”, cuenta. Cada número representa una historia, una familia, una nueva oportunidad.

Hablar del tema todavía duele. “Es un sentimiento que todavía está”, admite. El vacío no desaparece, pero junto al dolor convive una profunda certeza de propósito. Saber que 35 personas pudieron recibir ayuda le ha permitido transformar la pérdida en esperanza concreta.

Dignidad en cada paso

Uno de los temores más grandes que enfrentó fue pensar en el cuerpo de su hijo. Sin embargo, su experiencia fue distinta a lo que imaginaba.

“Ellos se preocupan porque ese cuerpo llegue intacto… hay dignidad en el proceso”, afirma. Esa vivencia le permitió comprender que la donación se realiza con respeto y acompañamiento.

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“Siempre están contigo de la mano”, dice sobre el equipo que la orientó. Nunca se sintió sola. La información clara y el acompañamiento constante fueron clave para tomar una decisión consciente en medio del caos emocional.

Fe que sostiene y transforma

Bruni reconoce que su fortaleza viene de su fe. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, comparte como la frase que la ha acompañado desde entonces. Esa convicción espiritual le ha dado la capacidad de hablar del tema con serenidad, aun cuando el dolor sigue presente.

Hoy invita a otros a no dejarse paralizar por el miedo. “No saquen ese miedo”, dice con firmeza. Para ella, la donación de órganos y tejidos no es solo un procedimiento médico, sino un acto de amor que multiplica la vida.

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Su hijo ya no está físicamente, pero su legado permanece en 35 personas que recibieron una segunda oportunidad. Y para una madre, esa certeza no elimina la ausencia, pero sí convierte el dolor en vida compartida.

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