Las enfermedades inflamatorias intestinales (EII) no solo se viven en el cuerpo, también se sienten emocionalmente. La ansiedad, la depresión y el estrés pueden influir directamente en la actividad de la enfermedad, aumentar los síntomas y favorecer recaídas. Así lo explican especialistas en salud mental y gastroenterología en diálogo con BeHealth, quienes coinciden en que cuidar las emociones es una parte esencial del tratamiento integral.
“El estrés emocional puede aumentar la inflamación, empeorar los síntomas y favorecer recaídas en algunas personas que padecen de EII. A su vez, vivir con una enfermedad crónica también afecta el estado de ánimo, creando un círculo vicioso que impacta la calidad de vida”, advierte el doctor Juan Márquez Lespier, gastroenterólogo.
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El eje cerebro-intestino: una conexión real
El psicólogo clínico Gilvic Carmona, en diálogo con BeHealth, explica que esta relación tiene una base científica clara: el eje cerebro-intestino.
“Eso se conoce como el eje intestinal cerebro y es que las situaciones que ocurren a nivel del intestino, el sistema nervioso central las activa o las desactiva. Ese tipo de circunstancias afecta, por ejemplo, la permeabilidad de la mucosa y la respuesta inmune”, detalla.
En palabras sencillas, cuando hay altos niveles de estrés o ansiedad, la mucosa intestinal —que debe funcionar como barrera protectora— puede alterarse. “Cuando yo tengo altos niveles de estrés y ansiedad, ese mecanismo se afecta y podemos ver a una persona que tenga brotes mayores de esos síntomas”, afirma Carmona.
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El doctor Márquez complementa que el aumento del cortisol, hormona asociada al estrés, puede influir en la inflamación. Si ya existe una condición inflamatoria, ese impacto puede ser mayor.
El duelo tras el diagnóstico
Recibir un diagnóstico de EII implica un proceso emocional profundo. “Cuando una persona tiene un diagnóstico de esa naturaleza, pasa por dos experiencias: una de pérdida, asociada a tristeza profunda y depresión, y otra de ansiedad porque no sabe cómo manejar la situación”, señala Carmona.
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La incertidumbre puede aumentar el miedo y afectar la autoestima y las relaciones sociales. Por eso, ambos especialistas insisten en la importancia de reconocer los síntomas emocionales y buscar ayuda profesional a tiempo.
“Lo más importante es reconocer los síntomas y buscar ayuda con un profesional de la salud mental, ya sea psicólogo clínico, terapista o psiquiatra”, subraya el doctor Márquez.
Estrategias para romper el círculo
El abordaje debe ser multidisciplinario: gastroenterólogo, psicólogo y, cuando sea necesario, psiquiatra. El tratamiento psicológico no sustituye el medicamento antiinflamatorio, pero sí ayuda a reducir el impacto emocional de la enfermedad.
Entre las herramientas recomendadas está el mindfulness, que permite enfocarse en el presente. “Sabemos que cuando tenemos tristeza estamos en el pasado y cuando tenemos ansiedad estamos en el futuro. El mindfulness ayuda a estar en el momento presente”, explica Carmona.
También destaca la terapia cognitivo conductual, útil para transformar pensamientos de rumiación como “¿por qué me pasa esto a mí?” en otros más realistas y funcionales.
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El manejo del sueño, el ejercicio, el apoyo psicosocial y, en algunos casos, medicamentos ansiolíticos o antidepresivos forman parte del plan integral.
“Cuidar la salud mental es una parte esencial del tratamiento: manejar el estrés, dormir bien, hacer ejercicio y buscar apoyo psicológico cuando es necesario puede ayudar no solo a sentirse mejor emocionalmente, sino también a mantener la enfermedad más estable”, enfatiza Márquez.
Aprender a convivir, no a rendirse
Para Carmona, la clave está en la aceptación activa. “La felicidad no está asociada necesariamente a lo que está sucediendo. La felicidad es aceptar que las cosas son de la manera que son. En la medida en que voy aceptando que tengo una enfermedad y que convive conmigo, voy a tener un mayor poder”.
Buscar grupos de apoyo, fortalecer la red familiar y educarse sobre la condición disminuye la incertidumbre y devuelve sensación de control.
“No tener miedo a visitar a un psicólogo y hacerlo a tiempo es fundamental. La persona debe comprender que no es su enfermedad; la enfermedad es parte de su vida, pero no la define”, concluye Carmona.

