El legado de Alex: la fe y el amor que transformaron el dolor en vida

En medio del dolor, hay historias que se convierten en luz. La de Gloria Lajes, madre donante, es una de ellas. Su voz no tiembla cuando recuerda a su hijo Alex Heredia; al contrario, se llena de una serenidad que conmueve.

“Mi hijo hacía como seis meses que había renovado su licencia de conducir. Llegó a casa y me dijo: ‘Mami, tengo algo que decirte… me inscribí como donante de órganos’”, cuenta. En ese momento, jamás imaginó que esa conversación se convertiría en un legado eterno.

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Una decisión que nació del corazón

Alex era policía municipal en Ponce y recién se había graduado como perito electricista. Tenía sueños, proyectos y una vida por delante. Pero también tenía claro su deseo de ayudar. “Él me dijo: ‘Yo quiero que si algún día me pasa algo, tú respetes mi legado’”. Gloria recuerda que le respondió con tranquilidad: “No hay problema”.

Seis meses después, un accidente en motocicleta cambió todo. “Fue una persona que se pasó el pare y le dio. Él iba por su vía franca”, relata. Tras tres días en estado comatoso, los médicos confirmaron la muerte cerebral. “Cuando me dijeron que era irreversible, yo pedí orar. Se lo entregué al Señor”, dice.

En ese instante de profunda fe, Gloria fue quien dio el paso: “Yo dije, ‘él es donante de órganos’”. No esperó a que le preguntaran. Sabía que estaba cumpliendo la voluntad de su hijo.

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Respetar el legado en medio del duelo

La decisión no fue sencilla para toda la familia. “Tuve que llamar a mi esposo. Él estaba un poquito reservado”, recuerda. Pero ella estaba convencida: “Ese es un legado que nosotros vamos a respetar. Él quiso eso”.

Desde su convicción cristiana, encontró consuelo incluso en la despedida. “La persona que muere en Cristo, cuando resucita va a resucitar en un cuerpo incorruptible. No tengas miedo de eso”, le dijo a su esposo.

El duelo llegó, como llega a toda madre. “Me dio pena, sufrí, tuve mi tiempo”, admite. Pero en medio de la tristeza encontró una certeza que le dio fuerzas: “A través de Alex hubo 35 personas entre órganos y tejidos que se beneficiaron. Son órganos que dan vida y otros dan calidad de vida”.

La fe como sostén en la tormenta

Gloria habla de su proceso espiritual con gratitud. Dos años antes de la muerte de su hijo se había reconciliado con Dios en la Iglesia Bautista de Glenview. “A través de la palabra de Dios yo hallé consuelo”, afirma.

Su hijo, dice, fue parte esencial de ese camino. “Yo vine a los caminos del Señor por él. A los 13 años ya él había sido convertido”. Esa conexión profunda con la fe fue la que la sostuvo cuando el mundo parecía derrumbarse.

Hoy, cuando le preguntan de dónde saca la fortaleza, responde sin dudar: “El Señor me ayudó mucho”. Su testimonio no está marcado por la rabia, sino por una paz que sorprende.

Un mensaje para otras madres

En el Día Nacional del Donante, Gloria piensa en esas familias que podrían enfrentar una decisión similar. “Acuérdese que esos órganos le van a dar vida a otra persona”, dice con firmeza. Y añade desde su espiritualidad: “Cristo donó su cuerpo entero y su sangre preciosa para dar vida y vida en abundancia”.

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Para ella, la donación de órganos es un acto de amor que trasciende la muerte. “Yo me siento bien satisfecha, me siento con consuelo”, confiesa. Porque sabe que el corazón solidario de su hijo sigue latiendo en otros.

Alex no volvió a casa aquel día. Pero su regalo de vida permanece. Y en cada historia que continúa gracias a él, también vive la valentía de una madre que, en medio del dolor más profundo, eligió honrar el amor.

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